En la mayoría de las competiciones del motor, la victoria final puede decidirse por un estrecho margen de tiempo entre el grupo de pilotos favoritos. Sin embargo, cualquiera de ellos podría verse privado de la victoria sin quizá darse ni cuenta. ¿A qué nos referimos?
El Dakar es una de las competiciones más disputadas y difíciles del automovilismo; y eso que, a diferencia de las ediciones que se disputaban originalmente -cuando la prueba fue puesta en marcha por Thierry Sabine-, ahora los pilotos ya no dependen únicamente del instinto, la orientación o de la lectura del terreno: cuentan con sistemas de navegación avanzados, centralitas electrónicas que optimizan el rendimiento del motor, comunicaciones constantes con el equipo y un arsenal de sensores que monitorizan desde la temperatura del turbo hasta la presión de los neumáticos.
Sin embargo, esa misma tecnología que facilita la supervivencia en el desierto -y que también es habitual en otro tipo de competiciones del Motor- abre una puerta inesperada: la posibilidad de que un ciberataque -o un simple fallo de ciberseguridad- pueda arruinar la carrera de un piloto y, en el peor de los casos, privarle de una victoria que parecía asegurada después de un año de duro trabajo y preparación.
Aunque el Dakar no depende tanto de la telemetría en tiempo real como la Fórmula 1 -donde el tiempo por vuelta es fundamental y mejorar, aunque sea por décimas, es algo básico-, la digitalización de los vehículos y de la propia organización ha crecido de forma exponencial. Y con ella, los vectores de ataque -es decir, algo así como las ‘puertas’ a través de las que se puede llevar a cabo uno de estos ciberataques-.